La guerra contra la inflación se reaviva y la postura del presidente sigue siendo un misterio: ¿por qué la reunión de la Reserva Federal de la próxima semana se ha convertido en el "guion más enigmático"?
La próxima semana, la Reserva Federal celebrará una de las reuniones de política monetaria más impredecibles de los últimos años. No se trata de un ajuste habitual de tasas, sino de una intensa batalla en la que fuerzas contradictorias se contraponen. Por un lado, el conflicto en Medio Oriente ha vuelto a disparar el precio del petróleo, lo que ha reavivado las dudas sobre la inflación; por otro, los últimos datos sobre precios al consumidor han sido sorprendentemente moderados, respaldando la postura de “mantenerse en pausa”. A esto se suma una variable extra: la presidencia está a cargo de Kevin Walsh, quien lleva poco tiempo en el cargo y aún no ha revelado públicamente su orientación política, ni al mercado ni a sus colegas. Sobre este tablero tan complejo, tanto una subida de 25 puntos básicos como mantener la tasa actual parecen opciones igualmente justificadas. Y la balanza final dependerá no solo de los datos económicos, sino de cómo este nuevo líder definirá su autoridad y el tono de su mandato.
Solidez de la postura “mantenerse en pausa”: mejora de los datos y lógica de los shocks puntuales
Los funcionarios que apoyan mantener el rango de tasas entre 3,5% y 3,75% tienen dos cartas fuertes en sus manos.
La primera carta proviene de los propios datos económicos recientes. En junio, los precios de la energía retrocedieron momentáneamente, el índice de precios al consumidor básico se mantuvo estable y no continuó su tendencia alcista. Además, el informe de empleo de junio no evidenció que el mercado laboral, por estar demasiado ajustado, haya impulsado sistemáticamente salarios o precios al alza. Dean Maki, economista jefe de Point72, señala que el panorama actual de datos para la Reserva Federal es más favorable que el de la reunión de junio. Si en junio no se activaron subidas, hacerlo ahora frente a datos aún más suaves sería incoherente. La segunda carta es el análisis de las causas de la inflación. Los funcionarios pacientes consideran que la presión inflacionaria de este año proviene de una serie de shocks externos puntuales: primero, el efecto de los aranceles sobre los precios de importación, seguido por el conflicto en Irán que disparó el costo de la energía. Estos shocks son repentinos y temporales; la política monetaria debería “ver más allá” de ellos, y no sobrerreaccionar. Lo alentador es que los efectos de los aranceles sobre los precios de importación ya muestran signos de desaparición, y el presidente del banco de la Reserva Federal de Nueva York, John Williams, ha declarado recientemente que existe razón suficiente para esperar que la inflación ya haya tocado techo y que descienda moderadamente en los próximos trimestres. Además, el propio presidente Walsh dijo a principios de mes que el mercado ha entendido su firmeza para combatir la inflación, lo que se refleja en el descenso de los rendimientos de largo plazo y en la caída de las expectativas inflacionarias, aunque estas ventajas se vean parcialmente anuladas por el repunte de los precios del petróleo tras la reanudación de los enfrentamientos en Medio Oriente.
Urgencia de los que apoyan “una subida anticipada”: economía recalentada, nuevos shocks y la oportunidad de mostrar liderazgo
Sin embargo, la otra cara de la balanza también acumula presiones ineludibles, cada vez más intensas con el tiempo.
Primero, la economía estadounidense está lejos de necesitar flexibilización. Aunque las tasas ya están por encima del 3,5%, el crecimiento sigue desmintiendo pronósticos de desaceleración, las bolsas continúan al alza, y las empresas gozan de condiciones de crédito muy relajadas; todo indica que el nivel actual de tasas no constituye un freno significativo a la economía real. Más problemático aún es que la inflación núcleo —excluyendo alimentos y energía— ha permanecido obstinadamente cerca del 2,5% durante el último año, muy por encima del objetivo de 2% planteado por la Reserva Federal. Lori Logan, presidenta de la Reserva Federal de Dallas, advierte: “Es mejor ajustar moderadamente ahora, que hacerlo drásticamente más adelante”. En segundo lugar, la nueva oleada de shocks petroleros es distinta a la anterior. El primer alza de energía durante la primavera podía ignorarse, pero el aumento actual, provocado por el conflicto renovado en Medio Oriente, es más duradero y tiene efectos de desbordamiento más amplios, por lo que ya no resulta posible hacerse el distraído. Además, el boom de inversiones vinculadas a la inteligencia artificial ha impulsado al alza algunos precios por mayor demanda—algo que, a diferencia de shocks externos como aranceles o petróleo, sí puede ser contrarrestado eficazmente con tasas de interés que enfríen el consumo. Dejarlo pasar puede llevar a que las expectativas inflacionarias se desanclen. Por último, subir tasas tiene un componente político y de autoridad personal muy importante. Walsh fue nombrado por un presidente que ha presionado públicamente para bajar las tasas, y su independencia ha sido puesta en duda. Si logra resistir la presión de la Casa Blanca y endurecer la política apenas iniciado su mandato, podrá desmoronar los rumores de que es un “títere” de la presidencia. Más aún, si actúa antes de que se forme un consenso interno de presión, enviar el mensaje de una subida de tasas a los mercados demuestra que Walsh es quien lidera el rumbo, y no un seguidor pasivo del consenso. Según Mark Summerlin de Evenflow Macro, para un presidente nuevo, la credibilidad y autoridad que se pueden ganar con una subida de tasas pueden valer más que cualquier cálculo econométrico.
El arte del silencio del presidente: el fracaso del “Tridente” y el mercado sumido en un juego de adivinanzas
Esta reunión es considerada “la más difícil de prever”, porque Walsh ha cambiado totalmente el estilo de gestión de Jerome Powell. En la era Powell, los dos vicepresidentes ayudaban a formar consenso antes de las reuniones, y a través del mecanismo del “Tridente” transmitían señales claras al mercado. Walsh, en cambio, mantiene grupos internos de discusión, pero ha dicho explícitamente que prefiere reuniones “más confrontativas”, sin cerrar ningún resultado antes del encuentro. Hasta el inicio del período de silencio la semana pasada, incluso varios de sus colegas reconocían públicamente que no saben cuál es su postura real.
Así, los inversores solo pueden juntar pistas de declaraciones fragmentadas. Este mes, un discurso de Christopher Waller elevó las expectativas de una subida en julio, pero luego los datos de inflación moderada hicieron que esa previsión se diluyera; los comentarios de Williams y Jefferson reforzaron la idea de “mantenerse en pausa”. El mercado cae en una ansiedad colectiva, oscilando sin rumbo claro. Michael Gapen, economista jefe de Estados Unidos en Morgan Stanley, señala que muchos inversores en realidad escuchan solo aquello que confirma sus prejuicios: unos ven a Walsh como un “halcón disfrazado de paloma”, convencidos de que no tolerará el deterioro inflacionario; otros creen lo opuesto, que es un “paloma disfrazada de halcón”, que espera que la productividad de la inteligencia artificial modere los precios, y que no quiere enfrentarse demasiado pronto a la Casa Blanca. Pero ninguna interpretación tiene pruebas sólidas.
Reacción en cadena de bancos centrales globales: la incertidumbre como nueva variable de riesgo
La próxima semana no solo la Reserva Federal enfrenta una decisión clave. El Banco Central de Japón y el Banco de Inglaterra también celebrarán reuniones, y la sincronía de las políticas de estos tres grandes bancos influirá notoriamente en los flujos globales de capital y los tipos de cambio. Tras la reducción de la orientación anticipada por parte de la Reserva Federal, la visibilidad del mercado respecto a la trayectoria de las políticas ya disminuyó.
Leonard Guan, gestor de cartera de renta fija en T. Rowe Price, explica que diluir la orientación anticipada equivale a “endurecer las condiciones financieras pasivamente, sin subir tasas”, ya que la incertidumbre en sí misma eleva los márgenes de riesgo y disminuye el apetito de riesgo de los inversores. Sin embargo, este enfoque permite a la Reserva Federal ajustar el rumbo con gran flexibilidad, aunque el precio sea el incremento marcado de la volatilidad. En un contexto de creciente riesgo geopolítico y presión inflacionaria aún latente, el “silencio” de la Reserva Federal se transforma en una variable indispensable para valorar activos.
Sin desenlace previsible, todo es posible
En resumen, el resultado de la reunión de la próxima semana es casi imposible de anticipar mediante modelos económicos tradicionales o experiencias históricas. Si se elige subir las tasas, será una señal de que con Walsh la Reserva Federal defenderá el objetivo de inflación a toda costa, aceptando la presión política por la desaceleración económica en el corto plazo; si se opta por mantenerlas, será porque el equipo valora más la mejora de los datos y prefiere dejar las soluciones para septiembre. Pero, pase lo que pase, esta reunión será el primer “momento bisagra” real del mandato del presidente Walsh.
Como dijo William English, ex economista senior de la Reserva Federal y profesor de Yale, los factores decisivos quizá escapen en gran medida al control del banco central: si el conflicto en Irán se suaviza y el petróleo baja, o se agrava y deja un problema inflacionario más difícil para los políticos, es casi una apuesta. Y Walsh está en el centro de esa apuesta, sosteniendo los dados que aún no han caído.
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